La Apis Draconita Italica —conocida popularmente como Abeja Dragona Italiana— es una especie mutante de himenóptero cuya aparición en el registro científico data del año 84 D.C. del calendario italiano (2262 del calendario mundial). A diferencia de sus ancestros, combinan rasgos de insecto con morfología parcialmente reptiliana: cabeza alargada con estructura ósea visible, mandíbulas desarrolladas, alas de aspecto traslúcido con tonalidad azul-eléctrica característica, y cuerpo segmentado con armadura quitinosa de alta densidad en los sectores de mayor estrés estructural.
Su coloración predominante es el ámbar dorado oscuro con bandas negras profundas en el abdomen. Las alas, cuando están en reposo, pliegan sobre el cuerpo en un ángulo que recuerda a las escamas de un reptil, de donde procede parte de su nombre popular. El aguijón es retráctil, a diferencia de las abejas convencionales, lo que les permite emplearlo múltiples veces sin consecuencias fatales para la portadora.
La colonia opera bajo un sistema de mente colmena mediado por la Reina, que coordina el comportamiento colectivo a través de mecanismos que la ciencia italiana clasifica tentativamente como biocomunicación química de largo alcance. Las decisiones estratégicas de la colonia —migraciones, expansión territorial, respuesta ante amenazas— parecen emanar de la Reina de forma centralizada, aunque el mecanismo exacto permanece sin confirmar.
A diferencia de las abejas convencionales, no construyen sus colmenas en altura. Sus colonias se extienden bajo tierra, siguiendo el modelo de las colonias de hormigas, con galerías que pueden alcanzar decenas de kilómetros de longitud y profundidades de hasta ochenta metros. La colmena incluye cámaras de almacenamiento de miel, cámaras de cría, corredores de ventilación y —en colonias maduras— una cámara central protegida donde reside la Reina.
El origen de la Apis Draconita Italica es uno de los debates científicos más activos de la biología italiana contemporánea. Existen dos hipótesis principales, ninguna ha sido descartada, y la comunidad científica se divide aproximadamente en mitades iguales entre sus defensores.
Para entender la aparición de la especie, es necesario comprender la Italia de la época. Cuando los frentes balcánicos empujaron la infección hacia el noreste italiano, el país estaba ya bajo una presión sin precedentes: más de la mitad de sus campos de cultivo habían sido abandonados o destruidos, la cepa V-4M infectaba plantas con una velocidad que los sistemas de contención no podían seguir, y la población comenzaba a concentrarse en las ciudades del sur.
Fue en ese contexto que apareció Ceres, la quinta replicante del mundo, italiana de nacimiento. Su intervención no solo revirtió el daño agrícola sino que transformó radicalmente el paisaje del país —los acueductos romanos reconvertidos en canales de irrigación, los edificios cubiertos de cultivos verticales, las calles de asfalto cediendo paso al agua—. Es posible que la misma transformación del ecosistema italiano que Ceres propició fuera el caldo de cultivo que permitió a la Apis Draconita prosperar como no habría podido en el entorno anterior.
La primera colonia documentada fue descubierta en el año 84 D.C. bajo los campos de girasol de la región de Véneto. Para el año 95, las colonias estaban distribuidas por todo el territorio italiano continental. Para el año 109 —fecha actual del calendario italiano— son una presencia constante e irreemplazable en el ecosistema nacional.
La colonia de la Apis Draconita se organiza en cuatro castas claramente diferenciadas, cada una con morfología específica adaptada a su función. La división no es accidental: los especímenes de cada casta son biológicamente distintos desde la larva, determinados por la alimentación y los compuestos administrados por las Cuidadoras durante el desarrollo.
El escalón más numeroso de la colonia y la razón por la que la biodiversidad italiana se mantiene como es. Las Obreras son las únicas que salen al exterior de forma regular, recorriendo territorios de hasta cien kilómetros desde la entrada de la colmena en sus rutas de recolección. Su morfología es la más similar a una abeja convencional magnificada: cuerpo áureo, bandas negras, alas azul-eléctricas plegadas en reposo.
Son la base de la colmena: recolectan néctar, polen y recursos constructivos, expanden las galerías subterráneas y transportan materiales para el mantenimiento. No son agresivas por defecto —un encuentro con una Obrera solitaria raramente termina en ataque— pero el zumbido que emiten de forma pasiva contiene trazas del compuesto psicoactivo de la miel, y la exposición prolongada sin protección puede causar los primeros síntomas de desorientación.
Las Cuidadoras jamás salen al exterior. Su vida entera transcurre en las galerías internas de la colmena, donde cumplen tres funciones simultáneas: gestión logística de los recursos traídos por las Obreras, producción y almacenamiento de miel, y cuidado completo de la Reina.
Su morfología refleja estas funciones: cuerpos más delgados y flexibles que los de las Obreras, con patas más largas y articuladas —adaptadas para moverse con precisión por los corredores estrechos de la colmena— y un abdomen que se expande progresivamente a medida que almacenan miel. En Cuidadoras de larga trayectoria, el abdomen puede dilatarse hasta el punto de volverse translúcido, mostrando el interior luminoso y ámbar de su reserva personal. Son las hormigas mieleras de la especie.
Dirigen a las Obreras mediante señales químicas complejas, indicando qué recursos son prioritarios, qué zonas están siendo expandidas y cuándo deben retornar. También alimentan a las larvas con mezclas precisas de miel y jalea que determinan en qué casta se convertirán.
La casta que convierte a la Apis Draconita en una amenaza activa cuando la colmena es perturbada. Las Guerreras son especímenes de mayor tamaño, con cuerpo más robusto y una armadura quitinosa más densa en cabeza, tórax y abdomen. Sus mandíbulas son sustancialmente más desarrolladas que las de las otras castas, con una estructura que algunos entomólogos describen como "más cercana a las fauces de un lagarto pequeño que a las mandíbulas de un insecto".
Poseen dos sistemas de ataque: el aguijón retráctil estándar —que pueden usar repetidamente— y una capacidad única entre los himenópteros documentados: pueden expulsar miel concentrada por la boca. Esta proyección oral alcanza distancias de hasta tres metros y combina la miel base con enzimas producidas por el consumo específico de la Flor Manticora.
Almacenan reservas de miel en su abdomen —menor que las Cuidadoras pero suficiente para mantener su energía durante operaciones prolongadas sin retornar a la colmena. Una Guerrera puede mantenerse activa en campo durante cinco días antes de necesitar reabastecimiento.
El secreto detrás de las propiedades únicas de la miel de la Apis Draconita es una planta: la Flor Manticora (Urtica Draconum), pariente mutante de la ortiga común cuya proliferación en Italia coincide sospechosamente con la expansión de las colonias de Abejas Dragonas. Sus propiedades urticantes son dramáticamente superiores a las de su ancestro: el contacto cutáneo produce erupción, picazón intensa y malestar generalizado; en cantidades significativas, el compuesto activo satura el sistema inmune y lo deja temporalmente indefenso, convirtiendo daños leves en graves.
Las Guerreras de la Apis Draconita han desarrollado inmunidad total a la Flor Manticora mediante la producción de una enzima neutralizante que se activa al consumirla. Esta enzima pasa a la miel que producen, transformando el compuesto urticante en un agente de propiedades completamente distintas. Las colonias maduras suelen establecerse en zonas con alta densidad de Flor Manticora, utilizándola tanto como recurso productivo como barrera natural de protección perimetral.
Varios testimonios de personas que han estado en proximidad de una colmena activa sin contacto directo con la miel describen síntomas menores del Síndrome: sensación de voces al límite del umbral auditivo, desorientación leve, sensación de que el espacio no tiene las proporciones correctas. La hipótesis más aceptada es que el compuesto activo de la miel falsa se volatiliza parcialmente en el entorno de la colmena, creando un campo de baja concentración que actúa como mecanismo de alerta temprana: los intrusos se desorientan antes de llegar a los nidos, reduciendo la necesidad de confrontación directa.
La Reina de la Apis Draconita no ha sido observada directamente por ningún investigador o explorador en condiciones que permitan documentación verificable. Todo lo que se conoce sobre ella proviene de dos fuentes: los testimonios de personas que han sufrido el Síndrome de la Miel Falsa y descrito visiones durante su estado alterado, y las inferencias deducidas del comportamiento de la colonia.
Lo que los testimonios coinciden en describir: un ser de aspecto parcialmente humanoide, de proporciones que no corresponden exactamente a ninguna especie catalogada, que no abandona jamás la cámara central de la colmena. La vinculación entre su estado y la supervivencia de toda la colonia es tan estrecha que los entomólogos la describen como "simbiosis vital extrema": si la Reina muere, la colonia colapsa en días. Si la colonia colapsa, la Reina muere.
El único producto de la Reina que ha sido estudiado con certeza es la Jalea Real de la Apis Draconita, cuyas propiedades difieren radicalmente de la jalea convencional. Las muestras obtenidas —a través de métodos que el informe correspondiente no especifica— muestran un compuesto de regeneración celular cuya potencia no tiene paralelo en la farmacología italiana actual.
La aplicación tópica o el consumo de cantidades mínimas produce una reducción documentada del envejecimiento celular. En términos prácticos: la tasa de deterioro de tejidos tratados con Jalea Real de Apis Draconita es significativamente inferior a la natural. La investigación sobre sus posibles aplicaciones médicas es activa pero limitada por la obvia dificultad de obtener muestras.
La coordinación de una colonia que puede extenderse por decenas de kilómetros de galerías subterráneas requiere un sistema de comunicación que supera lo que la química convencional de feromonas podría explicar. Los modelos actuales proponen que la Reina emite a través de la Jalea Real —distribuida por toda la colmena como fluido circulante además de como producto almacenado— señales de naturaleza aún no determinada que coordinan el comportamiento colectivo.
El resultado observable es una colonia que actúa con una coherencia táctica que varios análisis militares italianos han calificado como "inteligencia estratégica comparable a la de un organismo consciente de tamaño considerable". Las colonias responden a amenazas con una velocidad y coordinación que implica comunicación simultánea entre todos sus miembros, independientemente de su posición en la red de galerías.
La Apis Draconita Italica es simultáneamente uno de los activos ecológicos más valiosos de Italia y una de las especies menos comprendidas del territorio. La política oficial del Ministerio de Agricultura y del Consejo de Biodiversidad es de coexistencia gestionada: ni erradicación ni domesticación, sino el mantenimiento de distancias de seguridad, la protección legal de las colonias conocidas, y la investigación continua.
La dependencia del ecosistema agrícola italiano respecto a las Obreras como polinizadoras hace que cualquier campaña de eliminación sea autodestructiva para el propio sistema que protegería. Al mismo tiempo, el peligro cognitivo de la miel falsa y la agresividad territorial de las colonias establecidas hacen que la convivencia sin protocolos sea igualmente insostenible.
La Apis Draconita Italica constituye la variante de referencia de la especie, la primera documentada y la más estudiada. Sin embargo, avistamientos, registros parciales y testimonios de campo provenientes de distintas regiones del mundo sugieren que la especie ha desarrollado subespecies adaptadas a sus entornos locales, divergiendo en morfología, comportamiento y capacidades de formas que en algunos casos resultan difíciles de reconciliar con la clasificación original.
La variante base. Color ámbar dorado con bandas negras profundas. Colonia subterránea de gran escala, hasta 100 km de radio territorial documentado. Cuatro castas definidas: Obreras, Cuidadoras, Guerreras y Reina. Miel de propiedades agronómicas extraordinarias; miel falsa de efectos neurológicos severos. Véase el registro completo en las secciones anteriores.
La variante africana comparte la arquitectura fundamental de la italiana pero con divergencias morfológicas y conductuales sustanciales, atribuibles a la presión adaptativa del entorno. Su coloración dominante es blanco marfil o beige claro, con bandas de un marrón tierra que apenas contrastan con el fondo —un patrón de camuflaje que los entomólogos de campo describen como "desconcertantemente eficaz en terreno arenoso y suelo seco".
Las colonias son notablemente más pequeñas en número que las italianas, pero sus especímenes son casi el doble de tamaño. Cada individuo —Obrera, Cuidadora o Guerrera— duplica en masa y envergadura a su equivalente italiana, adaptación directa a la megafauna africana con la que comparten territorio y con la que entran en conflicto con una frecuencia que no tiene equivalente en ningún otro ecosistema donde se haya documentado la especie.
El índice de peligro de la Apis Draconita Saharensis es aproximadamente el doble del de la variante italiana. Las Guerreras africanas son capaces de perforar hide de animales grandes con el aguijón, su proyección oral de miel falsa alcanza mayor distancia y concentración, y su resistencia física en combate prolongado supera significativamente a la de cualquier otra variante documentada. Su clasificación como "problema mediocre" en el registro local no debe interpretarse como ausencia de peligro: refleja que el ecosistema africano ha coevolucionado con amenazas de escala comparable.
Los focos de Egipto y Nigeria presentan un rasgo adicional que distingue a la variante africana de todas las demás: la adaptación hídrica. En lugar de construir únicamente cámaras de almacenamiento de miel, las colonias de estas regiones excavan pozos de agua subterráneos, aprovechando los acuíferos del subsuelo para mantener reservas hídricas propias. La colmena africana madura produce, de forma moderada pero constante, tanto miel como agua potable.
Acceder a estas reservas es, según todos los testimonios disponibles, técnicamente posible. La comunidad local lo describe con una formulación que ha perdurado en el registro oral: "si no le temes a que te piquen o perder un brazo". No se ha documentado ningún método de extracción que no implique alguna de las dos consecuencias.
La variante del Reino Unido es, con diferencia, la menos comprendida de todas las formas documentadas de la especie. Mientras que la italiana posee un registro exhaustivo y la africana cuenta con observaciones de campo sólidas aunque escasas, lo que existe sobre la variante británica no puede calificarse de registro en ningún sentido científico riguroso: fotografías ilegibles en las que solo se distinguen fragmentos —una pata, un abdomen, una cabeza separada del cuerpo—, rumores que circulan entre comunidades locales sin poder verificarse en origen, y la evidencia circunstancial de restos de insectos de gran tamaño desarticulados por algo que los entomólogos no han podido identificar.
Lo que puede afirmarse con razonable confianza, destilado de fuentes que en cualquier otro contexto serían insuficientes: son más pequeñas que la italiana. Son, en número, incomparablemente más numerosas. Y su presencia en el ecosistema del Reino Unido ha moldeado el entorno de formas que solo ahora empiezan a atribuírseles.
A diferencia de todas las demás variantes conocidas, la variante británica no limita su hábitat al subsuelo. Las colonias pueden establecerse libremente en superficie, utilizando cualquier estructura disponible como base —árboles huecos, edificios abandonados, acumulaciones de escombros, formaciones naturales—. La distinción entre colmena subterránea y colmena superficial parece ser circunstancial, determinada por la disponibilidad del espacio y no por preferencia biológica.
El rol ecológico de la variante británica diverge radicalmente del de sus homólogas. Donde la italiana es polinizadora y la africana es una predadora generalista, la variante del Reino Unido ha adoptado un rol de descomponedora activa, análogo al de la llamada abeja buitre en los registros pre-infección. Sus enzimas digestivas, optimizadas para la descomposición acelerada de materia orgánica, producen una miel de aspecto y propiedades completamente distintos a cualquier otra variante: de color oscuro, sabor amargo y textura fermentada, con una concentración de ácidos digestivos que en contacto con tejido vivo actúa de forma análoga al ácido gástrico concentrado.
Cuando la colonia se siente amenazada —o cuando decide que algo constituye un recurso aprovechable, distinción que no siempre es obvia desde el exterior— las Guerreras proyectan estas enzimas como ácido. El rango y la concentración son suficientes para constituir una amenaza seria a cualquier organismo sin protección adecuada.
El número de individuos en una colonia de la variante británica hace inviable el modelo de Reina única que caracteriza a la italiana y, presumiblemente, a la africana. La estructura de gobierno documentada —en la medida en que algo puede documentarse— es multijerarquíca: múltiples Reinas gobiernan secciones separadas de la colmena sin interferir en el gobierno de las demás. Cada sección opera con autonomía relativa en sus decisiones locales mientras mantiene coordinación con el conjunto en decisiones de escala mayor, como los vuelos masivos o la respuesta ante amenazas externas a toda la colonia.
Siempre fueron los insectos. No sé explicarlo de otra manera. Mientras otros miraban hacia arriba, yo miraba hacia abajo. Hacia las grietas, hacia la tierra, hacia los lugares donde algo pequeño construía algo que ningún humano había planeado. Mi madre decía que era una manía. Mi padre decía que era una pérdida de tiempo. Ambos tenían razón, supongo. Pero cuando tenía unos diez años vi por primera vez una muestra de algo que no era miel ordinaria. Alguien la traía en un frasco sellado con cera. El color era distinto. Demasiado vivo para ser natural. La gente a mi alrededor dijo que era mejor no acercarse.
Eso fue suficiente para mí.
He estado marcando ubicaciones. Mapas en papel, mapas en la cabeza, mapas que no le muestro a nadie porque la gente que pregunta qué estoy haciendo recibe la misma respuesta de siempre: "mejor no investigues eso. Mejor pierde tu tiempo en otra cosa." Ya lo he escuchado suficientes veces como para que me resbale.
Lo que busco no es la miel. Bueno, sí es la miel, pero no solo eso. Quiero saber dónde están. Quiero ver la entrada. Quiero entender cómo algo así puede existir debajo de nosotros sin que nadie quiera admitirlo del todo.
El frasco de cuando era niño sigue en algún lugar de mi memoria. Ese color. Esa luz interna que no tenía ningún frasco de miel convencional.
Me preparé. Dos años. Físicamente, mentalmente, logísticamente. Leí todo lo que pude encontrar que no fuera rumor puro, que tampoco era mucho. Entrené el cuerpo porque si algo salía mal quería poder salir corriendo. Me dije a mí mismo que era prudente. Que esta vez sería diferente a todos los idiotas que habían intentado acercarse y vuelto con menos ganas de vivir de lo que habían salido.
La primera vez que intenté acercarme a una de las ubicaciones marcadas no esperaba encontrar flores.
Las había visto en fotos. Sabía que existían. Pero verlas en persona, rodeando la zona de forma tan perfecta que parecía deliberada... no parecía natural. Parecía un jardín. Un jardín que nadie había plantado y que nadie mantenía y que sin embargo estaba exactamente donde tenía que estar.
Confiado —esa es la palabra exacta, confiado, como solo puede serlo alguien que se ha preparado dos años y cree que eso lo hace diferente— las toqué con las manos desnudas.
Mi peor error.
El hormigueo empezó en los dedos. Luego el zarpullido. Luego algo que no era dolor exactamente sino la promesa de un dolor mucho peor si seguía donde estaba.
Tres días bajo cremas. No salí de casa.
Estudié la planta. Tres días leyendo todo lo que había sobre la Flor Manticora, que tampoco era mucho, y lo que no estaba escrito lo inferí de lo que me había hecho. Si esa planta rodeaba sistemáticamente las entradas, no era coincidencia. Era arquitectura. Algo la había puesto ahí, o algo la cuidaba, o ambas cosas a la vez.
Volví con ropa que no dejaba un centímetro de piel expuesto. Pasé un día entero observando. Tomé notas. Intenté arrancar una muestra de la planta para estudiarla en casa.
De siete a diez Obreras salieron de entre la tierra antes de que pudiera reaccionar.
No me picaron. Solo rodearon mi mano. Se quedaron ahí, quietas, mirando. Era un aviso tan claro que no necesitaba traducción.
Me retiré. Pero algo había cambiado: ya sabía dónde estaba la entrada. Y sabía que las flores y las abejas funcionaban juntas. La planta ahuyenta a otros animales. Las abejas cuidan la planta. Una simbiosis que no beneficia a ningún botánico ni entomólogo humano, solo a ellas.
Seguí pasando por el lugar. Lo incorporé a mis rutas diarias como si fuera casual, como si simplemente viviera cerca, que también es verdad. La gente del barrio pasaba por allí sin prestarle atención. Eso también me dijo algo: el campo de la colonia —ese zumbido que no es exactamente un zumbido, esa sensación de que el espacio tiene más profundidad de la que debería— forma parte del fondo de sus vidas. Ya no lo notan.
Yo sí lo noté. Desde el primer día lo noté. Y cuando empezó la desorientación no la reconocí porque esperaba algo brusco, algo obvio. No fue brusco. Fue gradual. Un mareo que duraba diez minutos y luego desaparecía. Una náusea que llegaba sin causa aparente. La sensación extraña de que el camino de vuelta a casa tenía una longitud diferente a la de siempre.
Luego una Guerrera me atacó. Fuera de lo que yo consideraba el perímetro seguro.
No hay perímetro seguro. Nunca lo hubo.
Algo cambió. No sé cómo explicarlo de manera que suene racional, porque no suena racional. Dejé de poder acercarme a la Flor Manticora. No porque me lo impidiera nadie, sino porque mi propio cuerpo rechazaba la proximidad. Náuseas, visión borrosa, una presión en el pecho que no tenía causa médica documentable porque el médico no encontró nada. Nada en el papel, al menos.
Seguí yendo. Cada día anotaba algo. La dirección del viento. El número de Obreras visibles. Los sonidos. El zumbido cambiaba de frecuencia según la hora del día y según, creo, mi estado de ánimo, aunque eso no tiene ningún sentido y lo escribo aquí sabiendo que no tiene ningún sentido.
Empecé a escuchar voces.
No voces humanas. No mensajes claros. Más como... el borrador de una voz. El esqueleto de algo que quería decir algo específico pero que todavía no había encontrado la forma de decírmelo en un idioma que yo pudiera entender. Y lo que sí podía entender, en el sentido más básico posible, era la dirección: fuera. vete. esto no es para ti.
No me fui.
Llevo anotándolo todo desde el principio. Fechas, coordenadas, síntomas, observaciones. Si algo me pasara, al menos habría un registro. Eso me decía para justificar seguir.
El último día normal me fui a dormir afuera, como tantas otras veces. El suelo era familiar. El olor era el de siempre, esa mezcla de tierra húmeda y algo dulce que con el tiempo aprendes a ignorar pero que nunca desaparece del todo.
No recuerdo haberme dormido.
Desperté en otro lugar.
El aroma era diferente. Más denso, más dulce, del tipo de dulce que empalaga después de unos segundos. Algo pesaba sobre mi cara. Patas. Varias. Como si personas pequeñas caminaran sobre mí sin que yo les importara.
Cuando abrí los ojos todo estaba borroso. No como cuando uno se despierta sin gafas: era otro tipo de borroso, como si el espacio entre mí y todo lo demás estuviera hecho de un material ligeramente distinto al normal. Podía reconocer formas. Grandes. El techo era alto y curvo y del color del ámbar cuando la luz lo atraviesa.
No podía moverme.
¿Dónde estoy? Lo pensé muchas veces. Nunca llegó respuesta. Lo único que podía hacer era observar: cuando la luz aumentaba sabía que era de día. Cuando todo se oscurecía y quedaba solo ese brillo naranja-amarillo que venía de las paredes, supe que era de noche. El tiempo pasaba en esos dos estados. Día. Noche. Día. Noche.
Una vez, algo se acercó.
Una figura. No pequeña. Grande. Su cara no era legible, no porque estuviera oscuro sino porque mi mente no sabía cómo procesar lo que estaba mirando. No era humana del todo. No era completamente un monstruo. Era algo intermedio que no tenía categoría en nada de lo que había estudiado, en nada de lo que había imaginado.
¿Una pata? ¿Una mano? Se posó sobre mi cabeza con una delicadeza que no esperaba.
Podía escuchar cuando estaba despierto. No siempre entendía. Pero podía escuchar.
En ese lugar siempre tenía el mismo sueño.
Paneles. Como si yo fuera un insecto pequeño dentro de una estructura hecha de celdas, y pudiera recorrerlas, y cada celda contenía algo diferente pero el conjunto formaba algo coherente que yo no era capaz de entender desde dentro. Solo podía ver una celda a la vez.
Y había una voz.
Era la única voz que podía entender con alguna claridad, aunque entender no es la palabra exacta porque no comprendía el idioma. Era más como... sentir la intención detrás de las palabras. Y la intención era curiosa. Genuinamente curiosa. Sentía que le interesaba algo de mí. No como amenaza, no como recurso, no como problema a resolver. Como objeto de observación.
¿Nosotros? Esa palabra apareció de alguna forma que no puedo explicar. ¿Nosotros quiénes? ¿Yo y las abejas? ¿Yo y la voz? ¿Algo más amplio?
Los sueños avanzaban cada noche. La voz se hacía más nítida. No más comprensible, pero más nítida. Como ajustar el enfoque en algo que no está diseñado para ser visto con los ojos humanos.
Una noche la voz fue diferente. Más directa. Sin ambigüedad en la intención aunque siguiera sin haber palabras que yo pudiera transcribir. Lo que comunicó fue esto: alguien como yo no lo detendría nadie. Entonces, para solucionar ese problema... no me irían nunca a dejar salir de allí.
Aunque lo deseara.
Desperté afuera.
No sé por qué. No hubo explicación. Solo estaba afuera, con el cuaderno en la mano y la luz del día encima y el olor de la Flor Manticora más lejano de lo que había estado en años. Tengo un día. Lo sé de la misma manera que sé cuando amanece y cuando anochece en ese lugar: sin que nadie me lo diga, sin que pueda explicar cómo lo sé.
Escribí todo desde el principio. Este cuaderno es ese proceso.
Lo que quiero que alguien sepa, si alguien encuentra esto:
Las abejas tienen una Reina. Eso ya está en los registros. Pero lo que está en los registros no captura lo que yo vi, o lo que creo que vi, o lo que mi mente construyó a partir de algo que no estaba diseñado para ser procesado por un cerebro humano. No es solo un insecto más grande. No es simplemente el origen de la mente colmena. Es algo que tiene interés en nosotros. Que nos observa con la misma atención con la que nosotros la observamos a ella.
Tal vez siempre fue así. Tal vez los que intentaron acercarse antes y volvieron con menos ganas de hablar de ello, volvieron de un lugar parecido al que yo estuve.
Las ganas de volver son extrañas pero claras. No son mías del todo, creo. Pero tampoco las rechazo del todo.
Debí escuchar a la gente que me dijo que no valía la pena. Que buscara perder el tiempo en otra cosa. Pero ya no me importa que no me hayan convencido. Dejo este cuaderno para que alguien sepa que hay algo ahí que no está en ningún archivo. Que vale la pena saber, aunque no valga la pena buscarlo.